“Hay además algunas tablas con diversas extravagancias, donde se desfiguran mares, cielos, bosques, campos y muchas otras cosas, unas que salen de una almeja marina, otras que defecan grullas, mujeres y hombres, blancos y negros, en diversos actos y maneras, pájaros, animales de toda clase y con mucha naturalidad, cosas tan agradables y fantásticas que a quienes no tengan conocimiento de ellas, de ningún modo se les podrían describir tan bien.” Con estas palabras describía el italiano Antonio de Beatis en 1517 El jardín de las delicias, la obra más famosa de cuantas realizó el pintor neerlandés Jeroen van Aken (1450? – 1516), más conocido como Hieronymus Bosch o, en España, bajo el apelativo del Bosco.

Las impresiones de De Beatis, escritas solo un año después de la muerte del pintor —cuando el que fuera secretario del cardenal don Luis de Aragón visitó la colección de pintura de Enrique III de Nassau en Bruselas— y recogidas por Ernst H. Gombrich enThe Earliest Description of Bosch’s Garden of Delight (1967), son una prueba de la popularidad del trabajo del Bosco entre la nobleza que coleccionaba obras de arte, y en el tono de sus palabras se adivina que la aristocracia europea que contrataba el talento del Bosco se divertía tanto o más que nosotros con los característicos paisajes humanos grotescos y abigarrados propios del estilo del artista. Como recuerda Gombrich en ese texto, el Bosco fue tildado ya en el siglo XVI como inventor de monstruos cómicos (grillorum inventor, término que hace alusión a la pintura de grillos —cerdos, figuras semihumanas—, según la terminología empleada por Plinio en su Historia Natural) y hacia el siglo XIX llegó a conocerse bajo el nombre de Der Lustige (el humorista).

Sobre la figura de Van Aken, el hombre detrás del seudónimo con el que realizó obras maestras como El jardín de las delicias, El carro de heno, Cristo con la cruz a cuestas, La adoración de los magos, Coronación de espinas, La nave del loco o Visiones del más allá, todavía hoy, cuando se celebra el 500 aniversario de su muerte, se sabe más bien poco pese a la ingente cantidad de teorías de las que tanto su vida como su obra y legado han sido objeto. No solo historiadores del arte o pintores se han acercado a su trabajo con el fin de desentrañar el significado oculto de sus exorbitantes alegorías, también lingüistas, teólogos, sociólogos o psicólogos se han lanzado a arrojar algo de luz sobre el enigmático pintor. El campo de la exégesis bosquiana rebosa ya desde mediados del siglo XVI de interpretaciones, algunas, como cabe esperar, más rocambolescas que otras. Cada generación ha ido descubriendo un Bosco distinto del que conoció la anterior: para Felipe II, el Bosco conseguía pintar a los hombres tal y como son, para Antonin Artaud fue uno de los artistas que mejor supo reflejar la faceta más oscura del ser humano en su escala cósmica, mientras que los surrealistas de André Breton lo convirtieron en uno de sus tótems y, en la actualidad, la cultura popular, más concretamente la música pop-rock, se ha apropiado de sus imágenes para ilustrar cubiertas de LP, de Deep Purple a Michael Jackson. Aunque Giorgio Vasari listara en sus famosas Vidas de los más excelentes arquitectos, escultores y pintores (1550) al Bosco, junto a Pieter Brueghel, como “imitador” de las “fantasías, invenciones extrañas, sueños e imaginaciones de ese tipo” del pintor Franz Mostaert (1528–1560), pronto se corrigió al seminal historiador para dejar clara la singularidad de las visiones del Bosco, aún hoy únicas e insuperables.

Apuntes biográficos

Pocos son los detalles que se conocen de la vida de Hieronymus Bosch. Muchos menos, por no decir inexistentes, son los que explican las condiciones en las que nació y vivió sus primeros años. De entre la treintena de notas biográficas referidas al artista en vida son ínfimos incluso aquellos sobre su actividad profesional. Como explican los historiadores, su nombre comienza a aparecer en los registros públicos de la época cuando ya era un artista reconocido, sobre todo en documentos de compraventa o inventarios de patrimonio, algunos datados tras la muerte del pintor.

Trazar la biografía del Bosco no ha sido tarea fácil incluso cuando se sabe que el artista jamás se movió de su localidad natal, Hertogenbosch, Bolduque, capital de la provincia del Brabante septentrional, en los Países Bajos, y topónimo que significa literalmente bosque del duque, en relación con el fundador del municipio, Enrique I de Brabante. Ese bosque, que en su lengua vernácula original suena muy tupido y aún más oscuro a oídos castellanos, fue el que el artista incluyó en su propio nombre cuando decidió dejar de ser Van Aken y convertirse en Hieronymus Bosch. Ese gesto de incluir el lugar de origen en el apellido era bastante habitual por su utilidad para identificar a alguien que lograba ser conocido más allá de su localidad. Que Hieronymus adoptara el apellido Bosch invita a pensar que su reputación se extendía mucho más allá de los muros de Bolduque. Haber utilizado el topónimo Van Aken, que hace referencia a las raíces alemanas de su familia, habría provocado la confusión, sobre todo porque provenía de una familia de artesanos: su padre Anthonius van Aken era artista, pintor miniaturista probablemente; también lo fue su abuelo Jan y su bisabuelo Thomas.

Hacia el siglo XIV Bolduque tenía una población de unas 14.000 personas y se había convertido en la segunda localidad más grande del norte de Holanda tras Utrecht —en 1496 llegó a los 17.280 habitantes, como señala el historiador Jos Koldeweij en “Hieronymus Bosch and His City” en Hieronymus Bosch: The Complete Paintings and Drawings (Abrams, 2001)—, por lo que no cabe duda de que el incendio que en 1463 arrasó 4.000 casas del municipio debió suponer una verdadera catástrofe. Es muy probable que un Bosco adolescente fuera testigo de aquel fuego, y que lo marcara de tal modo que acabara reproduciendo el impacto de esas intensas llamas en muchas de sus terribles imágenes del infierno, como apuntan otros tantos expertos. Bolduque era una población lo suficientemente grande como para poder sostener económicamente a sus artesanos y a sus incipientes artistas, sobre todo por el establecimiento en la zona de monasterios de franciscanos (1228/29) y dominicos (1286), abadías e iglesias de otras órdenes católicas.

Hieronymus Bosch no sufrió en vida problemas económicos, menos tras su matrimonio con Aleid van de Mervenne, hija de un rico y bien posicionado comerciante, y pudo dedicarse a la pintura de manera desahogada y quizá de modo más independiente que sus contemporáneos.

También se sabe que el propio Bosco formó parte de la cofradía de Nuestra Señora, institución de carácter laico fundada en 1318, en la que ingresó en 1486 o 1487 y en la que intervino activamente. Su padre, su mujer y su suegro, Goyart van de Mervenne, eran miembros, junto con otros destacados nombres de la élite local, y participaban en sus acciones piadosas y caritativas. El Bosco trabajó en la decoración de la capilla que la organización poseía en la colegiata, hoy la actual catedral de San Juan, y realizó diversas obras (dos lienzos, un candelabro o un reloj; piezas, como se ve, de tipo menor) por encargo de la hermandad. Cuando le llegó la muerte, en 1516, la misma cofradía organizó su funeral con unas exequias solemnes en la capilla de la otrora colegiata, señal de la alta consideración de la que había disfrutado el artista entre sus compañeros religiosos y entre sus conciudadanos.

Obra repleta de misterios

Si la biografía de Jeroen van Aken no está exenta de lagunas, la vida interior, intelectual y espiritual, del artista, así como su plasmación en su obra pictórica, es un mar de conjeturas. El arte del Bosco se sitúa en la transición de la Baja Edad Media al Renacimiento, en un momento de grandes tensiones ideológicas y religiosas (corrupción interna del clero, sectas heréticas, nuevas corrientes de pensamiento neoplatónico) y en cierto modo sus pinturas reflejan esos conflictos, pero no hay que olvidar que el artista fue un pintor medieval que ponía lo mejor de su arte al servicio de las ideas del cliente. Así, los conceptos de originalidad y autoría, aunque hoy casen como pocos con los cuadros del Bosco, están algo fuera de lugar si nos atenemos a los modelos de producción artística del medievo. El artista de esa época, y por tanto también el Bosco, sería más bien un ejecutor guiado por las instrucciones del contratista. De ahí se entiende, en parte, la profusión de temas religiosos moralizantes a lo largo de su obra, del Ecce Homo a La mesa de los pecados capitales.

La clientela eclesiástica que contrataba el talento de Hieronymus Bosch no explica, sin embargo, la prolífica imaginación del artista en materia plástica. Sobre esa cuestión Isabel Mateo Gómez, citando a expertos como Carl Justi, insiste en El jardín de las delicias y sus fuentes (2003) en la idea de que el Bosco pudo formarse con un ilustrador de libros y miniaturista, dato que podría explicar “la pequeña escala de figuras que emplea” y su recurrencia a la iconoclastia profana, según propone Gonzalo M. Borrás en su capítulo “Lo fantástico en el mundo medieval”, también incluido en El Bosco y la tradición pictórica de lo fantástico. Para el estudioso, los espacios marginales de los manuscritos (Borrás también menciona la talla de piedra y la labra de madera) ofrecían “un espacio de libertad frente a las reglas de la iconografía y del decorum” y son “lugares periféricos, alejados de los espacios centrales, en los que aparecen tanto criaturas fantásticas como fragmentos de realidad sorprendentemente bien observados”. La gran transgresión artística del Bosco parece radicar en haber trasladado de los márgenes a la pintura de caballete esas criaturas entre lo humano y lo bestial, entre el realismo y la caricatura, para censurar lo indecoroso y al mismo tiempo celebrarlo, sancionar lo impúdico y a la vez reírse de las normas.

Otro asunto que también ha provocado importantes debates es el del significado de sus obras. Carl Justi dividía la obra del Bosco en tres grupos —los cuadros religiosos, los basados en proverbios y las ensoñaciones pictóricas—, pero expertos como Valeriano Bozal se decantan por matizar esa interpretación y destacar el viaje, el mundo y la santidad como los tres grandes temas del pintor neerlandés.

Bosch y sus pinturas todavía se situaban en la tradición medieval de representar el mundo y lo humano como si fuera un inventario de tipos y casos ejemplarizantes sobre la experiencia de la vida, del pecado y de la muerte. En el tríptico El carro de heno, el Bosco reflexionaba sobre el pecado y el infierno inspirándose tanto en un versículo del profeta Isaías —“[…] la carne no es más que hierba, y su gloria es como la flor de los campos”— como en un proverbio flamenco —“El mundo es como un carro de heno y cada uno coge lo que puede”— para mostrar en su cuadro central a una amalgama de personas —hombres, mujeres, pobres, ricos, aristócratas— intentando subirse al carro cueste lo que cueste, incluso pasando por encima de la vida de los demás o quitándosela.

En el siguiente enlace pueden leer un fragmento sobre la vida y obra de El Bosco y lo más interesante, ver cada una de sus obras con un gran nivel de detalle: Obras de El Bosco.

Además os recomendamos contemplar y adentraros en la obra más representativa de El Bosco, “El jardín de las delicias” de una forma muy diferente, no solo viendo el tríptico  con un detalle inigualable sino escuchando los sonidos de cada una de las escenas, dándote la sensación de que estas dentro de la obra, de que vives la obra: El jardín de las delicias.

Imaginación Desbordante

Innovador, original, mágico, de una imaginación desbordante. Pintor de sueños y de pesadillas, de cielos e infiernos, de ángeles y demonios. El pintor del pecado. El Bosco nos sigue fascinando hoy igual que hace quinientos años sacudió la mente de sus coetáneos con unas imágenes tan sorprendentes como enigmáticas. Todo en torno a él resulta misterioso: desde su biografía hasta la interpretación de sus obras. Breton lo consideraba un visionario (el surrealismo lo veneraba). Otros alimentaron el mito situándolo como un hereje o miembro de alguna sociedad secreta.

El Bosco, en gran medida, si es un pintor conocido, es gracias a España. Nació en Holanda, pero con una rapidez extraordinaria se desprendieron de sus obras. Todas las que hay en España llegaron en el siglo XVI inmediatamente después de su muerte. En España se le apreció desde el principio, no en vano es uno de los poquísimos pintores extranjeros que tiene un nombre en español: Bosco.

Pero, ¿qué hace que este pintor sea tan especial, enigmático y fascinante? El Bosco es un pintor moderno. Tiene una imaginación visual desbordante. Es capaz de crear algunas de las imágenes más chocantes –en el sentido de que producen shock– de la Historia de la Pintura. Y admite una lectura lúdica, incluso divertida muchas veces. Ello le hace un pintor muy popular. Sus imágenes son diferentes a las de otros pintores de la época. Su dibujo es maravilloso. Cómo aplica el color, cómo va jugando con el pincel…

Es halagador pensar que El Bosco fue un gran pintor porque anticipó nuestro tiempo y nuestra sensibilidad en vez de representar los suyos; porque fue un rebelde, un iconoclasta, un genio irreverente e incomprendido, quizás un lunático. Un “adelantado a su tiempo”. Pero es muy probable que una parte de lo que distingue a El Bosco no sea su modernidad, sino precisamente su relativo anacronismo. Nació después que Piero della Francesca y es más o menos contemporáneo de Durero y Leonardo da Vinci. Pero, si comparamos su mundo visual con el de ellos, nos da la sensación de que El Bosco pertenece a una época bastante anterior. Y no se trata de la diferencia cultural entre Italia y los Países Bajos. El Bosco también parece anterior a pintores holandeses que en realidad vivieron antes que él, Van der Weyden, Van Eyck. Los cánones renacentistas de la perspectiva geométrica rigurosa le son ajenos. Y en sus obras conservadas no hay rastro de una de las grandes invenciones de la pintura holandesa e italiana de su tiempo: el protagonismo de la individualidad en el retrato. Es una ausencia estética, pero también social, de mercado y clientela. El Bosco no recibe encargos de patronos interesados en perpetuar y en publicitar en primer plano sus rasgos personales. Cuando retrata a un cliente, lo hace a la manera antigua, piadosamente arrodillado en el margen de una obra votiva, a una escala más pequeña que las figuras principales. El Bosco, aunque trabajó a veces para grandes patronos, pertenecía a un mundo relativamente provinciano, a una ciudad próspera pero no hegemónica, a una forma de entender la vida y el oficio de la pintura muy anclada en las tradiciones tardomedievales. Ser pintor no era una elección personal, sino un destino de artesano. Igual que otros nacían en familias de tintoreros o de carpinteros, El Bosco había nacido en una familia de pintores. Su casa y probablemente su taller estaban en la misma plaza en la que se celebraban los mercados. Desde muy pronto perteneció a una de esas fraternidades a la vez cívicas y religiosas que eran uno de los ejes de la vida comunitaria. Y su imaginación y su religiosidad estaban arraigadas en rituales colectivos y sistemas de creencias populares que nos resultan mucho más exóticos porque no han quedado muchos registros de ellos en la tradición cultural: las procesiones en las que se mezclaba lo litúrgico y lo pagano, la poesía oral, las atracciones de feria, los sermones apocalípticos de los predicadores, los desfiles y las máscaras de carnaval, los refranes y dichos, las celebraciones del calendario agrícola, la imaginería de los juegos de naipes, las estampas devotas o grotescas que empezaba a difundir la imprenta.

Como atestiguó Mijaíl Bajtín, la cultura visual y literaria del Renacimiento impuso en las artes una separación jerárquica entre lo alto y lo bajo, lo sagrado y lo profano, lo cultivado y lo vulgar, que hasta entonces no había existido. El Bosco nos desconcierta y nos seduce porque su mundo es todavía el de la gran sobreabundancia medieval, el de la simultaneidad y la yuxtaposición de todo. Al cuerpo idealizado y heroico del Renacimiento contrapone el cuerpo terrenal, imperfecto, vulnerable o grotesco, el cuerpo trastornado por la bebida o por la lujuria, el que orina y defeca, el que sirve igual para el éxtasis que para los tormentos infernales. El Bosco retrata el caos pavoroso y el júbilo descontrolado del mundo y a la vez su inapelable orden sagrado, regido por la caída y la condenación. En los cuadros renacentistas, los personajes se organizan como estatuas o como figuras de danza en la cuadrícula inteligible del espacio. En El Bosco se arremolinan, se estrujan, se amontonan, como en la bulla sudorosa de una fiesta popular. Junto a la cara serena y pensativa de Cristo se acumulan los ceños feroces de los sayones que lo martirizan y lo despojan. A un lado de un panel está el Niño Jesús que juega con un molinillo y empuja un andador; en su reverso, el Cristo adulto se derrumba bajo la cruz en el camino hacia el Gólgota mientras unos soldados flagelan al mal ladrón y un fraile confiesa al bueno. La Creación y el Jardín del Edén y la Expulsión de Adán y Eva y el Juicio Final y los fuegos del Infierno suceden a lo largo de los tres paneles de un retablo con la circularidad de una danza de la Muerte. El origen del mundo y el final de los tiempos ocurren a cada momento. Mientras los Reyes Magos adoran a Jesús recién nacido en una cabaña que sería tan familiar en el paisaje para los contemporáneos de El Bosco como para nosotros una gasolinera, desde la penumbra del interior se asoma con una media sonrisa el Anticristo del Apocalipsis. Los pájaros y los peces tan exactos como ilustraciones de un naturalista parecen por eso más fantásticos, en medio del torbellino de El jardín de las delicias, que las torres de pórfido rosa o las criaturas infernales. San José pone a secar los pañales del recién nacido cobijado junto a una hoguera y mientras tanto, al fondo, un hombre se dirige a un prostíbulo tirando de un burro sobre el que va sentado un mono. Hay que llegar cuanto antes al Museo del Prado para no perderse un pormenor, una pincelada, una veladura, el escalofrío teológico y la carcajada de El Bosco, la risa en los huesos.

Las tres exposiciones

A lo largo de 2016 se celebran tres exposiciones que homenajean la obra del neerlandés y conmemoran la efeméride de su deceso. La primera, que arrancó en febrero y concluyó el 8 de mayo en Bolduque, cuyo máximo atractivo era la exhibición de El carro de heno, que regresaba restaurado a Holanda tras 450 años en el extranjero.

La segunda, en El Escorial y organizada por Patrimonio Nacional, no solo busca recordar que en sus estancias el rey Felipe II colgó todos los cuadros del Bosco que pudo adquirir y que al monarca le debemos la presencia del artista en nuestro país, sino que reúne hasta el próximo 1 de noviembre 11 obras atribuidas al pintor y a su taller, entre las que destacan los cuatro tapices de materiales tan lujosos como la seda y el oro tejidos en Bruselas entre 1550 y 1570 sobre modelos del Bosco —Tribulaciones de la vida humana, adaptación del cuadro El carro de heno; El paraíso, el purgatorio y el infierno, traslación de El jardín de las delicias; Las tentaciones de san Antonio, y San Martín y los mendigos—, además de un grabado publicado en Amberes en 1572 que representa una de las pocas imágenes del rostro del artista.

La tercera comenzó el 31 de mayo en el Museo del Prado y es la más importante muestra dedicada al neerlandés de los actos conmemorativos del V centenario. La muestra El Bosco. La exposición del centenario se dividirá en cinco secciones centradas en las pinturas y una sexta se dedicará a los dibujos, y se extenderá hasta el 25 de septiembre de 2016. De las pinturas generalmente aceptadas del Bosco (en torno a 27), el Prado contará con 23, incluidas obras maestras fuera de España como el espléndido «Tríptico de las tentaciones de San Antonio», del Museo Arte Antiga de Lisboa. Solo faltarán en la muestra «El Juicio Final», de Viena; «La Crucifixión», de Bruselas; el «Tríptico de los ermitaños», de Venecia, y «La historia de Noé», de Rotterdam. En cuanto a los dibujos, de los 11 aceptados colgarán 6 en el Prado, además de otros dos sobre los que se discute su autoría. Ello hará que la ocasión de visitar la primera exposición dedicada al Bosco en España sea realmente irrepetible.

Con la siguiente lista de reproducción elaborada por el museo del Prado podrán conocer más a fondo las obras de este genial autor:

Si hay pintores que justifican por sí solos una visita al Prado, El Bosco es uno de ellos. Sus salas son las más concurridas del museo. Ante El Bosco, y particularmente ante “El Jardín de las Delicias”, ves siempre a gente hablando. Invita a conversar. No hay pintor que genere mayor empatía y mayor interacción con el espectador en todo el Prado que El Bosco.
quienes estamos acostumbrados a frecuentar las obras de El Bosco que se hallan siempre en Madrid tenemos mucho que aprender y gozar al verlas en compañía de otras llegadas desde fuera, no solo pinturas de su autoría indudable, sino también obras de taller y copias o imitaciones de discípulos, y también dibujos, bocetos prodigiosos de alguien que no sabíamos que era tan buen dibujante, grabados de cuadros perdidos, miniaturas de libros de horas en las que pululan por los márgenes muchos de esos monstruos y fenómenos que no nacieron de su “imaginación desbordante” —hay palabras y adjetivos unidos como por un velcro—, sino que pertenecían a los vocabularios burlescos y simbólicos comunes durante su vida.

La gran virtud de la exposición del Prado, y del catálogo que la acompaña, es que nos permite admirar el talento y la rareza de El Bosco en el interior de la cultura precisa en la que surgieron, no con el anacronismo complaciente de imaginarlo como un adelantado del surrealismo o del psicoanálisis.

Desde luego uno de los genios que más inspira al ver sus obras es El Bosco. Te demuestra que el único límite es tu imaginación, y desde Road to art esperamos que este viaje por su figura haya llenado vuestros pinceles de ideas. No dudéis en entrar en Road to art para plasmarlas y colaborar con otros artistas, tal y como El Bosco hacía con sus alumnos y ayudantes cuando creó algunas de las mejores obras de la historia del arte.

Fuentes: El PaísAhora Semanal

 

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Blog en el que hablaremos de música, literatura y dibujo, en todas sus formas y variantes, de los artistas más importantes y expondremos ejemplos de colaboraciones en estas disciplinas de arte. Os invitamos a visitar nuestra red social Roadtoart.com donde podrás crear tus propias obras en colaboración con otros usuarios. Tanto en el Blog como en la web, con los proyectos ya iniciados, encontrarás la inspiración para crear en las categorías de música, literatura o dibujo.

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