“Don Quijote”, es decir, historia de la novela moderna.

Se ha dicho que toda filosofía es una nota a pie de página de Platón. Puede decirse que toda ficción en prosa es una variación sobre ‘el tema del Quijote. Es muy cierto el juicio de Lionel Trilling, y en parte se entiende porque ‘el tema del Quijotetiene mucho que ver con las raíces mismas de la ficción como dimensión constitutiva del ser humano y como sustancia primordial de toda literatura.

El Quijote triunfó por toda Europa como un particular libro de caballerías a lo largo y ancho del siglo XVII. En el XVIII, la obra comienza a transitar nuevas lecturas, hasta imponerse la lectura seria que lo interpreta como una sátira moral en la Inglaterra que está buscando nuevos modelos de narrativa.

España tiene en los siglos XVII, XVI y parte del XV toda la novela. La Celestina es una obra dramática, pero todo el mundo la lee como una novela.El Lazarillo es una novela genial y novedosa en la historia de la ficción. está el Quijote. En España se perdió la novela porque se puso de moda la prosa barroca que combatió Cervantes. La imitación de Cervantes está en la eclosión de la novela inglesa del siglo XVIII. Sterne, Fielding, y llega a Dickens. En la portada de Tom Jones, se dice, “escrito a la manera de Miguel de Cervantes”.

La más difundida de todas las interpretaciones del Quijote, hasta el punto de convertirse en la explicación estándar que en principio viene acompañando durante dos siglos a quien se dispone a leerlo por primera vez, la dio el romanticismo alemán: en palabras de Schelling, el tema de la obra es “das Reale im Kampf mit dem Idealem, ‘la lucha de lo real con lo ideal’. Hay un fondo indudable de verdad en esa interpretación, pero si hubiera que proponer un núcleo último de significación, una significación a todas luces no buscada por Cervantes y sin embargo admisible sin la menor violencia, yo personalmente me atrevería a razonar que don Quijote ilustra en grado superlativo un rasgo fundamental de la condición humana.

Vivir, en efecto, es contar, ir contándonos historias. La más modesta acción cotidiana, no digamos si crucial, supone imaginar una narración en que nos corresponde el papel de protagonistas, ponerla a prueba frente a los condicionamientos de las circunstancias, para volvérnosla luego a contar dentro de una trama más compleja, mejor estructurada. Don Quijote y el Quijote ilustran en grado supremo, esa dimensión constitutivamente narrativa de la vida, y la ilustran provocándonos a un tiempo la risa y la adhesión, llevándonos a contemplarlos con la cercanía de nuestros propios relatos, pero con la tranquilizadora distancia de la ficción.

El Quijote refleja la ficción como dimensión constitutiva del ser humano. Vivimos contándonos siempre historias. Ahora voy a Barcelona, pero igual el coche no arranca, etc. Unas veces sale bien y otras mal. El Quijote es un emblema de eso. Un personaje que inventa una historia sobre sí mismo. Este el tema por excelencia de la novela. O te sale bien o te sale mal. Es el tema del Quijote, de madame Bovary o de Raskalnikov.

Ese trasfondo universal, esa referencia más o menos implícita del Quijote a una constante de la condición humana, reviste en él la forma de polémica literaria, en la medida en que confronta las dos grandes direcciones de la especie de ficción que actualmente llamamos novela, en principio autónomas: una antigua, inmemorial, la otra sustancialmente moderna.

La antigua se centra en el relato de sucesos y pasiones extraordinarias, protagonizado por personajes que reúnen perfecciones de todo orden y se mueven en escenarios inaccesibles para el común de las gentes, a menudo con elementos fantásticos o sobrenaturales, en un mundo de nítidas jerarquías y fronteras entre el bien y el mal. Cervantes ha empezado justamente su carrera con una de las variedades de esa especie, La Galatea (1585), en la línea de la fábula pastoril de filiación clásica asociada con el relato sentimental de la tardía Edad Media. Y su última obra serán Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1617), con su incesante despliegue de peripecias (raptos, naufragios, maravillas…) que complican el destino de los dos jóvenes y modélicos enamorados.

Al margen de esa tradición milenaria, desde el siglo XVI fluye independientemente otra modalidad de escritura: las ficciones que se presentan como relatos de hechos reales, efectivamente acaecidos; cuya acción se desarrolla entre las cosas y personas de la vida diaria, y que adoptan las formas corrientes en los escritos del mundo real: cartas, memorias, biografías, relaciones, crónicas…, unas veces en primera persona, como en el Lazarillo de Tormes o en la picaresca, y otras en tercera persona, como en el Diario del año de la peste de Defoe o en las biografías inglesas de criminales.

Pues bien: la historia de la novela es la historia de la confluencia del antiguo ideal romancesco y una narrativa moderna inspirada por la ficción pseudo-real, una confluencia en la que será aquél quien a la larga más honda y perdurablemente acoja las propuestas y los procedimientos de ésta. La culminación del proceso sólo se alcanza cuando la estética más prestigiosa en los siglos XIX y XX acoge en su marco y superpone a título de iguales la ficción pseudo-real, los simulacros de prosa de hechos reales, y las especies de ficción que hasta entonces había tenido como propias el establishment literario. Pero todo ese proceso está prefigurado ya en el Quijote: el Quijote adelanta, contiene y en medida importante inventa (no temamos decirlo: inventa) no ya la novela, sino la historia de la novela.

Por otra parte, la novela se nos presenta hoy como la forma por excelencia híbrida, polifónica, para decirlo con Bajtin, o, en la fórmula de Marthe Robert, “totalitaria”: el género de géneros, el cajón de sastre donde se mezclan y conviven todas las modalidades literarias y expresivas. El Quijote, a la altura de su tiempo, concuerda sustancialmente con esa concepción de la novela que llegó a formarse el siglo XX.

El Quijote ensancha con categorías nuevas el espacio de la ficción, pero, se diría, sin desechar ninguna de las viejas. De la teoría clásica le viene el problema capital de cómo concertar la admiratio con la verosimilitud. El grand roman está reelaborado no sólo en diálogo crítico con los libros de caballerías, sino en episodios pastoriles como el de Grisóstomo y Marcela o en las aventuras del Capitán Cautivo. El relato folkórico y la novella corta a la italiana se emulan al par que se critican, por ejemplo, en el cuento de Lope Ruiz (I, 20) y en El curioso impertinente.

Si en la Primera parte (1605) los materiales de diversas tradiciones tienden a yuxtaponerse, al arrimo de la noción renacentista de que la varietas es fuente a la vez de verdad y de belleza, la Segunda (1615), sin renunciar a ellos, los ensambla en un hilo conductor que enlaza desde el trasmundo onírico de la Cueva de Montesinos hasta la crónica de actualidad de Roque Guinart, pasando por la farsa cortesana de los Duques. La mise en abîme y la metaficción tienen en la Segunda parte un papel sobresaliente a través de las conspicuas referencias a la Primera y a la continuación del apócrifo Avellaneda.

Todos los géneros y los estilos literarios, del teatro a la épica, y todos los tipos de discurso, de la pieza oratoria al documento legal, se someten a revisión. Todos los niveles del lenguaje, en fin, de los artificiosos arcaísmos del caballero a la fraseología popular de Sancho, se conciertan con la prosa limpia y natural que da el tono de la narración, en una fascinante polifonía. Con una modernidad perenne, el Quijote se configura, así, como un completo universo a la vez de realidad y de literatura.

La lengua de Cervantes.

En toda la obra cervantina, y en particular en el Quijote, se muestran patentes dos preocupaciones: la fuerza de la invención y el cuidado y enriquecimiento de la lengua. “Pasa, raro inventor, para adelante con tu sutil ingenio”, le dice el dios Mercurio en el alegórico “Viaje del Parnaso”. Y cuando llega a presentar sus credenciales ante Apolo, no tiene recato él en afirmar: “Yo soy aquel que en la invención excede / a muchos; y al que falta en esta parte, / es fuerza que en su fama falta quede”. La invención era para él criterio primero de valoración de una autoría.

Por lo que hace a la lengua, ya en el prólogo de “La Galatea” habla de “abrir camino para que, a su imitación, los ánimos estrechos que en la brevedad del lenguaje antiguo quieren que se acabe la abundancia de la lengua castellana entiendan que tienen campo abierto […] puede correr con libertad” impulsados por el ingenio. Fue exactamente lo que él hizo con su Quijote. Ya en el prólogo le recomienda su fingido amigo que “a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas” cuente la grandílocua historia soñada por don Quijote-Alonso Quijano. La ideología naturalista del siglo XVI llevaba aparejada la reivindicación del lenguaje del pueblo. En esa línea le explicará don Quijote al Caballero del Verde Gabán que será perfectísimo creador quien mezcle naturaleza y arte.

Es lo que él hace elevando la lengua viva del pueblo a categoría de arte en un libro que es más contado, hablado, que escrito. El Quijote viene a ser un gran retablo de la comedia del arte. Cervantes va moviendo los hilos del tinglado, como dice E. Auerbach, en una actitud neutral. Si la pluralidad de autoría disloca de continuo las perspectivas, estas se multiplican con las variadas historias que ensanchan a la principal. Y, de modo paralelo, voces y ecos producen una auténtica polifonía lingüística. Hay dos cuerdas que en ella armonizan el deseo cervantino que su amigo formula en el Prólogo: “salga vuestra oración y periodo sonoro y festivo de manera que, al leerlo u oírlo, el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente…”. Todos estamos llamados a participar de la historia. Cada uno ha sentido vibrar las cuerdas de la lengua en sintonía con sus sentimientos gracias al enriquecimiento que él multiplica. Por eso el español ha sido y es, en su universalidad, la lengua de Cervantes.

Puedes continuar leyendo el resto de nuestro espacial Cervantes en los siguientes enlaces:

Cervantes 1ª parte

Cervantes 2ª parte

Cervantes 3ª parte

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